ARTE POR LA MEMORIA "Atrapados" General Pico, 30 de noviembre de 2005, once meses Estemos o no concientes de ello, la noche del 30 de diciembre de 2004, clavó para siempre una estaca en el corazón de la sociedad argentina. Una estaca encendida. Al modo de una bengala, esa estaca puede iluminar el camino, mostrarnos desnudos y pidiendo ayuda o quemarnos y asfixiarnos si nos quedamos atrapados en la imposibilidad de una salida. "Atrapados" es una alegoría de nuestra realidad, antes y después de Cromañón. Aquí, centenares de manos intentan salir, manos más nítidas, más etéreas, manos jóvenes. Desesperadas aunque abiertas, confiadas, dispuestas a entregarse si vale la pena. Manos que ayudan, aún en las peores circunstancias. Pero hay cadenas y candados, gigantescos aunque apenas perceptibles, poderosos pero disfrazados tras la inocencia de lo cotidiano. Tan cerrados los candados, tan tensas las cadenas. Están allí, ya estaban el 30 de diciembre de 2004. Pero son tan fuertes, tan cotidianas, tan transparentes, que sólo las vimos cuando fue tarde, cuando esas cadenas mostraron todo su poder, cuando la muerte fue palpable, llegando al cuerpo mismo de nuestros jóvenes en un camino sin retorno para ellos. Pero ¡alto! No nos vayamos lejos. No huyamos, no nos refugiemos en la lástima, no construyamos argumentos de disculpa. Tenemos delante a centenares de manos que dirigen sus palmas abiertas hacia nosotros. ¡¡Hacia nosotros!! Nos gritan, están desnudas, nos piden ayuda. Nos imploran que actuemos. Veámoslo así por un momento: se trata de un espejo. Allí están nuestras manos, implorando ayuda, ¡estamos atrapados! ¡Estamos atrapados! Necesitamos salir. Nos asfixiamos. Necesitamos salir. El humo nos cubre. Pero hay cadenas. Pero hay candados. ¿Acaso no los vemos? ¿Tendremos que llegar al momento en que nos corra la muerte para darnos cuenta? Tan duro, tan fuerte, tan profundo es lo que nos provocó la noche del 30 de diciembre que muchas cosas se alinearon de modo diferente entre nosotros, tal vez logremos verlo. Por ejemplo, parecía que teníamos un Jefe de Gobierno progresista, que quería cambiar las reglas del juego y gobernar para la gente. Su progresismo se diluyó ante la tentación de abrir cajas de financiación para la política fácil, la que no requiere trabajo, construcción, paciencia, sólo buena prensa, linda imagen. El progresismo que confunde la defensa de la democracia con la defensa del sillón del Jefe; que tergiversa las herramientas del pueblo, como un plebiscito y las transforma en atornilladores para quedarse; que se niega a investigar y rendir cuentas; que corre a reunirse al día siguiente con los empresarios de la noche para "armar coartada"; que desprecia a los familiares y sobrevivientes tomándolos por imbéciles que pueden ser manipulados por un opositor. El progresismo se alineó del otro lado y alimenta el fantasma de golpistas para quienes nos movemos tras la necesidad de la justicia y la memoria. Parecía, también, que había empresarios desinteresados, que promovían el arte y a los jóvenes, pero nos encontramos con uno de ellos, uno de los buenos, querido en el ambiente, que mostró el modo de operar de este capitalismo salvaje: todo está calculado para la ganancia, no importan los costos, no importa la gente, los chicos no importan. Para eso hace falta la complicidad del policía, del bombero corrupto, del político que mira para otro lado y recauda y muchos, muchos que pagan su entrada. Los empresarios hicieron silencio. Hoy reclaman libertad de empresa, no tantos controles, siguen del otro lado de la línea. Parecía, claro, que algunas bandas de rock representaban realmente a lo nuevo, a los más jóvenes y un mensaje a su favor, contra la injusticia y la marginación. Pero eso fue acompañado por una gran irresponsabilidad, temeridad en el doble mensaje a su público. ¿Qué esperanza en un futuro de lucha puede ser consecuente con impulsar a los seguidores a bordear la muerte? Después, el silencio, la justificación. Los músicos no se pronuncian, no anuncian reglas nuevas, no sanean el ambiente. Muchos quedan del otro lado. Por último, la irresponsabilidad de la pirotecnia, del "no me importa que los demás me pidan que la corte, hago la mía, no pasa nada". ¿De qué lado quedan cientos de jóvenes que siguen a sus músicos? ¿Habrán entendido que el juego en algún punto se acaba y empieza el jugarse la vida? Pero no ya solo la propia vida sino la del otro, del que quiere disfrutar la música, la alegría, la cultura. Pero ¡alto! No nos vayamos lejos. No huyamos, no nos refugiemos en la lástima, no construyamos argumentos de disculpa. Tenemos delante a centenares de manos que dirigen sus palmas abiertas hacia nosotros. ¡¡Hacia nosotros!! Nos gritan, están desnudas, nos piden ayuda. Nos imploran que actuemos.



