Desgrabación de la homilía del Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, en ocasión de la Misa por el primer aniversario de la tragedia de Cromagnon
El Evangelio es elocuente por sí mismo. La familia: papá, mamá, un niño llevados al templo a presentarlo a Dios, y a presentarlo a la Vida, como si los dos estuvieran diciendo "yo traigo a este hijo para presentarlo la vida". Detrás de ese gesto de presentar un hijo a la vida, las ilusiones, las ilusiones de ese padre y de esa madre. ¡Las ilusiones del corazón de esa madre con su niño en brazos! Las ilusiones de una madre cuando tiene a su hijo en brazos. Lo proyecta, mira hacia adelante. Lo presenta a la vida y sueña con el futuro de su hijo. Sueña con su propio futuro trascendido en el futuro del hijo. Así estaba María con esas ilusiones y después de ver cumplido ese rito religioso irrumpen las palabras de ese anciano: "Una espada te traspasará el corazón". A ti una espada te traspasará el corazón. Las ilusiones de esa madre se desvanecen, cambia su estado de ánimo y el camino de vuelta es distinto que aquél que habían hecho para llegar al templo. Esa madre iba pensando en qué espada le iba a traspasar el corazón y ya presentía que la presentación de ese niño a la vida estaba signada por la tragedia. Tal era el corazón de María en ese día.
Así María vivió la ida al templo y el regreso del templo. Y después lo fue viviendo a lo largo de la vida cuando a los pocos días tuvieron que escaparse a Egipto porque lo perseguían, porque marginaron al niño… cuando fueron exilados en ese país extranjero, cuando tuvieron que volver ocultamente a la Galilea para evitar la persecución del niño, cuando veía que ese niño hecho hombre era perseguido, era calumniado, cuando ella con su intuición de madre presentía la traición y la tragedia. Presentía que se pagaba para que ese hijo fuera traicionado, que se pagaba para que la verdad fuera ocultada como sucedió cuando se les pagó a los guardianes del sepulcro para que dijeran otra cosa.
Todo eso en el corazón de la madre. Esa madre sufría aquello que después le tocó vivir: el desenlace de la tragedia. El corazón de María estaba al pie de la cruz en el momento de la tragedia, en el momento en que se cumple la segunda parte de esta profecía del anciano del templo. La primera parte "y a ti misma una espada te atravesará el corazón" la estaba viviendo al pie de la cruz y fue entonces que se cumplió la segunda parte "así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
En el momento de la tragedia sale lo que hay en el corazón de las personas y ahí estaban junto a la cruz unos poquititos, fieles a Jesús; otros escondidos por miedo, otros cuidándose las espaldas para no perder posiciones, otros tratando de ver cómo arreglar políticamente la traición de Judas, otros mirando al futuro sin Jesús y aflora así lo que cada uno tenía en el corazón. A ese pobre ladrón que estaba crucificado con él le sale lo mejor que tenía en el corazón y le dice: "Señor, acordate de mí". Jesús hace brotar lo que hay en el corazón de los hombres y eso una madre lo siente de manera especial.
Hace un año, nuestra ciudad sufrió la bofetada de una tragedia. Hace un año este camino de esperanza de tantas madres para con sus hijos fue segado. Esos hijos no están más. Esta ciudad hace un año que viene tratando de hacerse cargo pero, como en la cruz, es feo estar junto a la tragedia. Es difícil como hombre o como mujer hacerse cargo de una
tragedia. Con amor. Solamente el corazón de Ustedes, mamás, sabe, y puede hablarnos de lo que es una tragedia. Solamente el corazón de Ustedes, papás, puede ayudarnos en este camino de fidelidad a la verdad en una tragedia.
Y en esta ciudad fue segada la vida de 194 hijos jóvenes que eran promesa, que eran futuro, se nos segó la esperanza de estos chicos que no van a ser sustituidos por nadie porque cada uno es único, insustituible. Y por eso yo quisiera decirle a esta ciudad tan preocupada por muchas cosas que mire con corazón de madre -porque la ciudad también es madre- a estos hijos que ya no están, y que llore…
Queridos hermanos y hermanas: Buenos Aires necesita llorar. Buenos Aires no ha llorado lo suficiente. Buenos Aires trabaja, busca, "rosca", hace negocios, se preocupa por el turismo, pero no ha llorado lo suficiente esta bofetada. Buenos Aires necesita ser purificada por el llanto de esta tragedia y de tantas otras.
Hoy, estamos aquí adentrándonos en el corazón de esta madre que fue al templo llena de ilusiones y que volvió con la certeza de que esas ilusiones iban a ser segadas, cortadas. Entrando en este corazón acordémonos de estos hijos de la ciudad, de esta ciudad madre, que los reconozca, que se dé cuenta que éstos, como el caso de Abraham en la primera lectura, son los hijos de la herencia; y la herencia que nos dan hoy estos hijos que ya no están es una muy dura advertencia: ¡qué no se les endurezca el corazón!, nos dice.
Sus fotos aquí, sus nombres, sus vidas simbolizadas en estas velas nos están gritando que no se nos endurezca el corazón. Esa es la herencia que nos dan. Son los hijos de la herencia que nos dice: "lloren".
Ciudad distraída, ciudad dispersa, ciudad egoísta: llorá. Te hace falta ser purificada por las lágrimas. Hoy aquí rezando juntos le damos este mensaje a nuestros hermanos de Buenos Aires: lloremos juntos, nos hace falta llanto en Buenos Aires.
Rezamos en esta Misa, adentrándonos en el corazón de nuestra Madre Virgen que llevó a su hijo al templo con un sentimiento y lo trajo de vuelta con otro sentimiento. Y lloremos. Lloremos aquí. Lloremos afuera y pidámosle al Señor que toque los corazones de cada uno, de nuestros hermanos de esta ciudad y los haga llorar. Que purifique con el llanto a esta ciudad tan casquivana y superficial.
Mientras, recordemos los nombres de los chicos, esos que no están pero nos dejaron la herencia, la dura advertencia de que no nos hacemos cargo de las múltiples tragedias de la ciudad. Mientras pensamos en estos chicos, recojamos su herencia, guardémosla en el corazón y no cejemos a luchar por ellos.
Y recemos por ellos, por la herencia que nos dejaron con su vida y por esta ciudad para que no se haga tanto la distraída
Que así sea.
Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires, Viernes 30 de diciembre de 2005



