En diciembre de 2004 Aníbal Ibarra estaba exultante. Era el delfín del exitoso Kirchner y se sentía el capitán del barco del progresismo que, además, iba a buen puerto. Había reunido un gran capital para lanzarse a la vicepresidencia y, aun más. El capital no era político (ya que por su miserable condición, nunca logró alianzas sólidas), era monetario. Él también pensaba que la política necesita del dinero y se dedicó a juntarlo.
El cristalino fiscal en un momento de su vida dió un vuelco y, a partir de allí, se persuadió que todo vale y él, vale más que todo. La ciudad pasó de ser un proyecto, a ser una rentabilísima estructura de cajas. Entre sus íntimos se produjo una crisis. Estaba desconocido. Algunos se fueron, otros se asociaron. Aparecieron los testaferros, Pablo Maggioli y otros y los estructuradores de negocios. Se acercaron los facilitadores y se construyó la caja.
Y pasó Cromañón. Los valores que en ese momento guiaban a Aníbal le impedían procesar semejante hecho. Obró como era: un corrupto. La historia es conocida, con quien, como, que dijo, que calló, que hizo, que corrompió. No hace falta volver sobre ella.
Si es bueno volver sobre algunos aspectos no conocidos.
La noche de Cromañón adivinó el peligro. Era una masacre de enorme magnitud, que lo tocaba muy cerca. Milcíades Peña, conmovedor pero contenido, le recordaba que tenía una obligación de Estado y que no era “un simple hombre de familia”. Que debía “ir hasta el fondo en la investigación de lo sucedido, en el desmantelamiento de este nuevo modus operando montado a partir del 2003 que tiene aspecto de corrupción, olor a corrupción y formato de corrupción”. Milcíades no se lo dijo, pero la caja la administraba su hermana: Vilma Ibarra. La noche contribuía a una recaudación que Vilma acumulaba. El futuro promisorio y progresista lo imponía.
Adivinó el peligro, además, porque lo ocurrido tenía una enorme magnitud. Y recordó que él también era parte de la familia judicial.
Las noches del 30 y 31 de diciembre de 2004, tuvo profundas preocupaciones. La primera, quien era el fiscal. Cuando lo supo, advirtió que por allí no se podía.
Luego, desesperadamente, empezó y continuó agobiando a la secretaria privada del entonces Ministro de Justicia, Horacio Rosatti. Necesitaba urgente hablar con el Ministro. Este debió regresar a su despacho y atender la inquietud de Ibarra.
¿Qué deseaba Aníbal? Que la causa Cromañón, inexorablemente quedase radicada en el Juzgado 1 de Maria Angélica Crotto. Como fuera, costara lo que costara.
¿Por qué Aníbal? – fue compañera mía en la facultad.
Y tuvo razón. La camaradería universitaria, favores posteriores durante sus respectivos pasos por el Poder Judicial, permitieron lograr lo que Aníbal alcanzó.
El 7 de agosto de 2006, Maria Angélica Crotto dispuso sobreseer a Aníbal Ibarra, sin convocarlo a prestar indagatoria. La resolución tenía un estilo literario y científico absolutamente ajeno a la pluma de Crotto. Su “cocina” había sido otra…
La resolución era imprescindible. En el Tribunal Superior de la Ciudad se estaba por resolver su recurso extraordinario contra la destitución en el juicio político. La Cámara de Casación tenía a estudio la situación de López. Debía asegurarse su ajenidad al tema penal.
Maria Angélica ya había cumplido. Aníbal la iba a premiar. Hasta reservó un viaje en primera clase hacia Francia.
La Corporación Judicial iba a hacer el resto. En un mes, la Sala V de la Cámara del Crimen confirmó el sobreseimiento. Un mes…
Después la Sala III de Casación: “Dr., hay que negociar…” , dijo Righi. Y se sobreseyó a Ibarra, procesando a Juan Carlos López. Uno a cambio del otro…
Total, la regla subsiste: las cabezas deben quedarse tranquilas… Ellas nunca responden.
¿Y las víctimas? Solo eran jóvenes…




