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Testimonio de un sobreviviente en Tribunal Ético.

Testimonio de un sobreviviente

Tribunal ético 13

"Hola. Mi nombre es Santiago Morales. Soy sobreviviente de Cromañón y soy hermano de Sofía Morales, una joven más, una personita más que ha sido asesinada por los actos y las omisiones de personas concretas: por su negligencia, su corrupción, por el narcicismo político que enarbola una bandera con la consigna “el fin justifica los medios”, por su falta de valores fraternos, en fin, asesinada por la putrefacción de un sistema que es especialista en el acto de concreción de muerte, y de la eterna postergación de la vida… con el cual hay que acabar ¡ya!

Mi intención no es dar un testimonio en el cual predomine lo anecdótico, lo circunstancial, y me ponga a llorar y los ponga a llorar. Ya todos sabemos lo aterradora, escalofriante, espeluznante, horripilante, penosa (etc., etc., etc.) que ha sido la noche del 30 de diciembre de 2004. Es por esto que mi intención es contarles los hechos desde mi punto de vista y desde el punto de vista nuestro, del Movimiento Cromañón, de acuerdo al cual estamos claramente posicionados desde una perspectiva e interpretamos los hechos conforme a nuestra experiencia vivida y nuestras agonías.

Año 2004. Fin de año. Todos sabemos lo mucho que nos movilizan las fiestas y la consumación de cada año… Nos encontramos con quienes más queremos para celebrar o llorar por el año concluido; suele hacerse un balance del mismo, pensando en las fortunas y desdichas vividas. Para quienes escuchábamos Callejeros, para quienes conseguíamos disfrutar considerablemente con su música (ni hablar para quienes tenían amigos o hermanos que se alegraran y gozaran de la misma forma con ellos) el recital del 30 de diciembre se presentaba como una linda posibilidad para cerrar el año escuchando este grupo. Se trataba de ir a un lugar cerrado, a estar con gente que disfruta al igual que uno esta música, escuchando a una música que, más allá de su calidad y sofisticación, cuestionable o no, despertaba muchas emociones lindas en sus oyentes: amor por la música, entusiasmo por juntarse con otras personas, ganas de saltar y cantar, de estar alegre y sonreir, ganas de disfrutar, en fin, ganas de vivir, consecuencia de la posibilidad de vivir.

Creo, formamos parte de una generación que, tanto desde la televisión como desde las escuelas, pero principalmente desde el poder político, fuimos formados como ciudadanos de una manera acrítica, intentando siempre que no cuestionáramos lo establecido, ni que pensáramos que el futuro podía ser distinto y mejor. De hecho, desde el poder político buscaron que creyéramos que el mundo es así irremediablemente, y que no sólo no se puede cambiar sino que el futuro inevitablemente va a ser peor. Por este motivo, una parte de nosotros los jóvenes no tenemos la costumbre de criticar y buscar cambiar lo establecido. Personalmente, esto cambió tras la Masacre. Y lo digo para quienes nos dicen que somos unos inconscientes por habernos metido en un lugar con las características precarias de Cromañón o que lo somos por haber tirado pirotecnia allí dentro. Al momento, diciembre de 2004, la grandísima mayoría de los lugares donde se practicaban recitales tenían estas características: sobreventa de entradas, por ende (en tanto el grupo convoque) exceso en la capacidad de gente; desorganización generalizada al momento de la entrada al recital; cacheos intencionalmente superficiales e incompletos a fin de que entre pirotecnia; una vez dentro, falta de aire y de espacio para moverse cómodamente; baños mugrientos y sin agua; entre otras fallas “normales”. Así era normalmente ir a un recital. Y, como entre lo normal y lo natural o inmodificable hay una estrechísima diferencia a causa de la falta de formación ciudadana en lo relativo a criticar y buscar modificar lo establecido, ninguno de nosotros iba a dejar de ir a un recital por este motivo, y mucho menos organizarse con otros para intentar cambiar esa práctica nefasta. Como Viejas Locas lo demuestra, la mayoría de estas prácticas se siguen dando aún hoy a cinco años nuestra Masacre.

Al entrar a Cromañón, pocos minutos antes de que empiece el recital, tras esfuerzo conseguimos ubicarnos a la izquierda del escenario mirándolo de frente. Yo fui con mis dos hermanos mayores y con dos amigos más. Unos instantes después de ingresar, Omar Chabán, personaje similar a un bufón que habitualmente generaba en los demás que se rían de él en lugar de reírse con él o de sus gracias, nos habló al público diciéndonos, insultos mediante, que nos íbamos a morir todos como en Paraguay si prendíamos fuegos de artificio. ¿Cómo tomar enserio las palabras de un individuo reconocido públicamente como bufón? Ahora bien, dejando de lado momentáneamente su condición de bufón, ¿quién sería capaz de creerle a una persona que, siendo anfitrión al igual que Callejeros, te invita a su casa, te recibe con alegría, y siendo consciente y responsable por omisión de la entrada de pirotecnia a escondidas, te dice que no la utilices porque, de lo contrario, nos moriríamos todos? Lo paradójico es que nos estaba pidiendo, tal y como lo hizo posteriormente Patricio Fontanet, que hagamos exactamente lo contrario de lo que él y el cantante de Callejeros solían decir implícitamente y decir explícitamente, respectivamente: el uso necesario de la pirotecnia para que un recital sea considerado como tal. Luego de esto, comenzó mi experiencia. La resumo de esta manera. Inicio del recital. Canción “Distinto”. Alegría y felicidad saltando abrazado a mi hermana, ahora muerta. Cánticos y euforia generalizada. Luces fugaces de colores. Mucho calor. Mucho calor. Inesperada interrupción del grupo. Tregua. Fuego. Efímero fuego. Humo negro agresivo. Mucho calor y falta de aire. Olor asfixiante. Obscuridad. Penumbras. El infierno. Gritos de muerte, cual aullidos de Lucifer. Pérdida del conocimiento…

Una vez fuera, parcialmente consciente, fui traslado al Hospital Pena, luego de ser tirado en la parte trasera de una camioneta de la policía (junto a muchos cuerpos más). Recobré totalmente la consciencia al entrar al Hospital. Fue en ese momento que vi, a mi derecha, montones de personitas necesitando atención médica. “Un tubito de oxígeno, al menos”, pedían… y ni siquiera. Incontable desesperación. Los chicos que se habrían salvado, las familias enteras que habrían podido seguir el rumbo de su vida en la sana búsqueda de la felicidad, hubieran sido y la re pucha que considerablemente más, tan sólo si hubiera habido los insumos que correspondía y corresponde que haya: personal médico suficiente, tubos de oxígeno suficientes, mascarillas suficientes, y un montón de cosas que no sé ni corresponde que sepa porque no es mi función, porque justamente para eso hay gente a la que se le paga para que lo haga… faltó nada más que coherencia entre lo que una gestión política dice y lo que una gestión política hace. No pude servirme de un tubo de oxígeno constantemente, pues tuve que compartirlo con los otros moribundos como yo que estaban al lado mío (gesto fraterno llevado a cabo por mi mamá). La situación de caos y precariedad generalizada, y la falta absoluta de insumos, como ya dije, pudo haber sido evitada, simplemente, con voluntad y decisión política para intentar revertirla. Tras esto, 8 días en terapia intensiva. Duelo y desasosiego por la muerte de mi hermana. Proyectos y sueños derruidos... De aquí en adelante, los controles de salud y el tratamiento psicológico fueron moneda corriente.

Doy gracias a la vida por tener pocos recuerdos concretos de esa noche a causa de mi rápida pérdida de conciencia, y le agradezco sobre todo porque conozco a muchos chicos y chicas (y sé de centenares más) que desde aquella noche la obscuridad cobró otra significación, la soledad es hostil, y en los crepúsculos reviven todos los gritos, las escenas, los rostros, los llantos desgarradores nuestros, de los sobrevivientes y de las víctimas. Éstas, son personitas para quienes dormir no es descansar, sino agonizar. Y eso nunca nadie va a poder negarlo ni ocultarlo. La injusticia, el dolor, la muerte, que encarnan unos por culpa de otros, dejan marcas concretas, no solo en los muertos que se lleva, sino también en los sobrevivientes que deja… y lo sabemos nosotros, los sobrevivientes de Cromañón, y lo saben los sobrevivientes de Malvinas, los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención, las víctimas de abuso sexual y violencia familiar y social, quienes sufren o han sufrido la desgarradora sensación de tener la panza vacía junto a la deshumanizante certeza de no tener con qué llenarla".