Buscando algo para leer este domingo en homenaje a nuestros hijos en este acto, decidí leer este texto ya que en este último mes de diciembre y acercándose el 30, nuestros jóvenes han sido vapuleados y menospreciados llamándolos "descerebrados" y cuanto adjetivo se les ocurra. Este es el testimonio de un joven sobreviviente que piensa y razona por sí mismo, un joven donde la ética, la moral, los principios y dignidad forman parte de su vida. Como él, nuestra hermosa juventud debe ser revindicada y no menoscabada como muchos adultos tratan de hacerlo, despreciando y poniendo en peligro sus vidas. He aquí sus palabras:
"Soy sobreviviente de Cromañón, hermano de una joven fallecida, una joven más, una personita más que ha sido asesinada por los actos y las omisiones de personas concretas: por su negligencia, su corrupción, por el narcicismo político que enarbola una bandera con la consigna “el fin justifica los medios”, por su falta de valores fraternos, en fin, asesinada por la putrefacción de un sistema que es especialista en el acto de concreción de muerte, y de la eterna postergación de la vida… con el cual hay que acabar ¡ya!
Mi intención no es dar un testimonio en el cual predomine lo anecdótico, lo circunstancial, y me ponga a llorar y los ponga a llorar. Ya todos sabemos lo aterradora, escalofriante, espeluznante, horripilante, penosa (etc., etc., etc.) que ha sido la noche del 30 de diciembre de 2004. Es por esto que mi intención es contarles los hechos desde mi punto de vista y desde el punto de vista nuestro, del Movimiento Cromañón, de acuerdo al cual estamos claramente posicionados desde una perspectiva e interpretamos los hechos conforme a nuestra experiencia vivida y nuestras agonías.
Año 2004. Fin de año. Todos sabemos lo mucho que nos movilizan las fiestas y la consumación de cada año… Nos encontramos con quienes más queremos para celebrar o llorar por el año concluido; suele hacerse un balance del mismo, pensando en las fortunas y desdichas vividas. Para quienes escuchábamos Callejeros, para quienes conseguíamos disfrutar considerablemente con su música (ni hablar para quienes tenían amigos o hermanos que se alegraran y gozaran de la misma forma con ellos) el recital del 30 de diciembre se presentaba como una linda posibilidad para cerrar el año escuchando este grupo. Se trataba de ir a un lugar cerrado, a estar con gente que disfruta al igual que uno esta música, escuchando a una música que, más allá de su calidad y sofisticación, cuestionable o no, despertaba muchas emociones lindas en sus oyentes: amor por la música, entusiasmo por juntarse con otras personas, ganas de saltar y cantar, de estar alegre y sonreir, ganas de disfrutar, en fin, ganas de vivir, consecuencia de la posibilidad de vivir.
Creo, formamos parte de una generación que, tanto desde la televisión como desde las escuelas, pero principalmente desde el poder político, fuimos formados como ciudadanos de una manera acrítica, intentando siempre que no cuestionáramos lo establecido, ni que pensáramos que el futuro podía ser distinto y mejor. De hecho, desde el poder político buscaron que creyéramos que el mundo es así irremediablemente, y que no sólo no se puede cambiar sino que el futuro inevitablemente va a ser peor. Por este motivo, una parte de nosotros los jóvenes no tenemos la costumbre de criticar y buscar cambiar lo establecido. Personalmente, esto cambió tras la Masacre. Y lo digo para quienes nos dicen que somos unos inconscientes por habernos metido en un lugar con las características precarias de Cromañón o que lo somos por haber tirado pirotecnia allí dentro.
Al momento, diciembre de 2004, la grandísima mayoría de los lugares donde se practicaban recitales tenían estas características: sobreventa de entradas, por ende (en tanto el grupo convoque) exceso en la capacidad de gente; desorganización generalizada al momento de la entrada al recital; cacheos intencionalmente superficiales e incompletos a fin de que entre pirotecnia; una vez dentro, falta de aire y de espacio para moverse cómodamente; baños mugrientos y sin agua; entre otras fallas “normales”. Así era normalmente ir a un recital. Y, como entre lo normal y lo natural o inmodificable hay una estrechísima diferencia a causa de la falta de formación ciudadana en lo relativo a criticar y buscar modificar lo establecido, ninguno de nosotros iba a dejar de ir a un recital por este motivo, y mucho menos organizarse con otros para intentar cambiar esa práctica nefasta. Como Viejas Locas lo demuestra, la mayoría de estas prácticas se siguen dando aún hoy a cinco años nuestra Masacre.
Doy gracias a la vida por tener pocos recuerdos concretos de esa noche a causa de mi rápida pérdida de conciencia, y le agradezco sobre todo porque conozco a muchos chicos y chicas (y sé de centenares más) que desde aquella noche la obscuridad cobró otra significación, la soledad es hostil, y en los crepúsculos reviven todos los gritos, las escenas, los rostros, los llantos desgarradores nuestros, de los sobrevivientes y de las víctimas. Éstas, son personitas para quienes dormir no es descansar, sino agonizar. Y eso nunca nadie va a poder negarlo ni ocultarlo. La injusticia, el dolor, la muerte, que encarnan unos por culpa de otros, dejan marcas concretas, no solo en los muertos que se lleva, sino también en los sobrevivientes que deja… y lo sabemos nosotros, los sobrevivientes de Cromañón, y lo saben los sobrevivientes de Malvinas, los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención, las víctimas de abuso sexual y violencia familiar y social, quienes sufren o han sufrido la desgarradora sensación de tener la panza vacía junto a la deshumanizante certeza de no tener con qué llenarla".
Santi Morales, hermano de Sofí (fallecida) y Martín (sobreviviente).
Ver texto completo en: http://quenoserepita.com.ar/testimonio_de_un_sobreviviente_en_tribunal_etico





